Me siento en la clavícula a esperar.
Descansada, como un paraguas
cuelgo de ese hueso con forma de hamaca y aguardo
a que el abuelo se saque los dientes.
Entonces se mete la mano en la boca, como si introdujera una galleta invisible
- los dedos en U mayúscula, un gancho inofensivo-
y revuelve entre las encías rosadas, femeninas,
hasta que saca la prótesis por completo.
La mano vuela hasta el vaso transparente, con agua,
y deja caer la dentadura, que hace click contra el vidrio, se sacude con la oleada mínima,
queda brillando,
como una luna elegante y de marfil, en el vaso.
Ni en el fondo, ni en la superficie.
El agua responde, por el principio de Arquímedes.
Mi abuelo se duerme, primero con un ojo, luego con los dos.
Los dientes, su boca entera, después de todo,
se quedan en el vaso, en vigilia.
Mi abuelo se ríe durmiendo y su boca
sin dientes, sin contexto,
es una cueva que esconde a un animal desconfiado.
2 comentarios
Julio 18, 2009 a las 8:05 pm
muy lindo!
Julio 20, 2009 a las 2:05 am
Gracias Malibú!