Entonces el estómago hecho un ovillo de lana,
apretado,
pero no:
a sonreir mientras los septiembres se llenan de matas a punto de descomponerse de tanta frescura.
A la sombra de la sombra las rosas,
simulando un vapor de miel y de tormento:
son rojas porque sangran, porque tienen
las venas
hamacándose
a punto de desbordarse de los pétalos.
Alguien tose y se abanica;
el zumbido muerto del papel de seda
(en el inviolable agazaparse del mediodía)
interrumpe el cantarín zapateo del agua en la fuente.
En el pecho, la lana se extiende y abrasa.
Pero sonrío entre verdes y flores,
como si nada.