No encuentro el atajo
para respirar
debajo del agua.
Hay algo más azul
que el trueno que recorre las venas?
(Nuestras voces se superponen.
Ella está borracha, o enferma, o cansada)
No encuentro el atajo
para respirar
debajo del agua.
Hay algo más azul
que el trueno que recorre las venas?
(Nuestras voces se superponen.
Ella está borracha, o enferma, o cansada)
Todo se ve vidrioso, aguado
y verde,
tan verde,
que dan ganas de llorar y
estremecerse.
Las uñas rojas, de madre,
cortadas a lo niña,
y el plato de comida: fideos redondos, diminutos, manteca y queso.
Me pinto las uñas como madre un lunes por la noche
porque me siento sola y con el esmalte rojo me invento
una familia.
La comida
también es de madre:
de madre apurada o de padre poco hábil.
Disimulo: los fideos están fríos, o muy tibios.
No me quejo: mis dedos se esfuerzan por ser madres y cocineros,
llenándome el plato con un manjar deseado.
El silencio es cansador y entonces: música.
Y ahora la música es más pesada que el silencio,
porque los dedos con esmalte rojo,
los fideos,
la familia ausente
y yo
sabemos que no es más que ruido
– colorido, pero ruido de todas formas-.
Me alimento a tenedorzazos;
no tengo hambre y los dedos tocan con su estampa de cosa importante
roja,
plastificada, y se detienen
para llenarme la boca de fideos fríos.
Los dedos vivos, revoloteando,
de la r, a la e, a la v, a la o, a la l, a la o, a la t, a la e, a la a, a la n, a la d, a la o,
atolondrados,
rojo sangre adulta,
sangre de herida nueva;
rojo estrella lejana;
rojo madre de ojos rojos y manos rojas
porque el contacto con el agua lastima,
porque el contacto con el fuego quema,
porque el contacto,
porque él…
Las uñas rasgan,
rasgan y me enfrentan a la pocilga
de los lunes vacíos que si quieren
son martes o sábados
o jueves.
Las uñas son burlonas, rojas,
poderosas
porque la oscuridad se rinde ante ellas con debilidad de pájaro:
se acuesta en las uñas rojas, la noche;
la noche se acuesta en las uñas rojas y parpadea
hasta quedarse dormida o quizá finja.
Las uñas separadas del cuerpo, como soldados arrogantes,
rojos,
enfurecidos,
que van y vienen haciendo sus tareas
de madre,
de gente importante,
roja,
fascinados por saberse encarnados.
Me acarician la cara, y diez marcas rojas me recortan las formas
para siempre;
las formas sin sueño, insípidas,
de lunes por la noche o sábado.
Y las uñas rojas bailan las notas
naranjas
de una canción que les impide concentrarse en su
fábula de sombras, no, de formas rojas.
Los dedos, diez calles rojas, diez ciudades rojas
abandonadas después del azote de una peste roja y acrílica
y todo es rojo uña al atardecer,
sobre el empedrado sonrojado.
Entonces el estómago hecho un ovillo de lana,
apretado,
pero no:
a sonreir mientras los septiembres se llenan de matas a punto de descomponerse de tanta frescura.
A la sombra de la sombra las rosas,
simulando un vapor de miel y de tormento:
son rojas porque sangran, porque tienen
las venas
hamacándose
a punto de desbordarse de los pétalos.
Alguien tose y se abanica;
el zumbido muerto del papel de seda
(en el inviolable agazaparse del mediodía)
interrumpe el cantarín zapateo del agua en la fuente.
En el pecho, la lana se extiende y abrasa.
Pero sonrío entre verdes y flores,
como si nada.